jueves, 14 de julio de 2016

La Batalla de Otumba

En la Noche Triste, el 30 de junio de 1520, Cortés y sus hombres se vieron obligados a huir desordenadamente de la capital azteca, Tenochtitlán, acosados por los aztecas, que les provocaron centenares de bajas y la mayor derrota de la Monarquía hispánica en sus primeros 50 años de conquista. Muchos hombres y caballos se ahogaron en kas acequias y canales o perecieron en la lucha. Aquella noche murieron alrededor de 700 españoles. Se habían salvado 26 caballos y se perdió toda la artillería y casi todos los arcabuces. Lejos de la malintencionada imagen de desbandada española la Noche Triste fue pródiga en acciones heroicas y fue el prólogo de la batalla, una de las más desproporcionadas de la historia, que selló el destino del Imperio azteca. 

Quedaron unos 350 soldados, la mayoría heridos, y 27 jinetes. Entre los pocos días que pasaron desde la Noche Triste hasta Otumba habían muerto unos 1.000 españoles.




No pararon de huir hasta que el sábado 7 de julio de 1520, la huida ya no fue una opción. Un gran contingente de guerreros mexicanos y sus aliados. La cifra de aztecas allí congregado es todavía hoy un tema de controversia, siendo posible que hubiera reunidos cerca de 100.000 o 200.000 guerreros  frente a unos 400 españoles y 3.000 indígenas aliados. Hernán Cortés contempló las hordas de enemigos clamando que «los españoles entre tanto escuadrón indígena eran como una islita en el mar. La pequeña hueste parecía una goleta combatida por las olas».
En la primera línea enemigas se situaron las cofradías militares del Jaguar y del Águila y la nobleza azteca encabezada por Matlatzincatzin, el cihuacóatl (jefe militar). Por su parte, los escasos cuatrocientos españoles formaron en una disposición típica en ese momento en Europa: los piqueros se colocaron tras los rodeleros, mientras los ballesteros formaban en los flancos dispuestos a cubrir a sus compañeros junto a los pocos afortunados que portaban arcabuces. Cortés contaba con dos únicas ventajas para enfrentarse a la oleada de enemigos: un pequeño grupo de jinetes capaces de marcar la diferencia con sus cargas al estilo táctico europeo y la escalofriante garantía de que los aztecas buscarían apresar vivos a todos y cada uno de los conquistadores para usarlos en sus rituales. Aquella garantía sirvió de excusa para aguantar hasta las últimas consecuencias.  


Finalmente, fueron los jinetes castellanos encabezados por el propio Cortés los primeros en arremeter contra la marea, sorprendiendo a los aztecas. La fuerza de la galopada les introdujo en mitad del ejército enemigo antes de retroceder ordenadamente. El extremeño y su caballería repitió este movimiento, carga y huida, una y otra vez, mientras la infantería española recibía las primeras acometidas furiosas. María de Estrada, una de las pocas mujeres españolas que participó en la conquista de México, peleó junto a la infantería con una lanza en la mano.




Pese a las exitosas incursiones de la caballería, la desproporción de fuerzas causó que la infantería formada por españoles y tlaxcaltecas comenzara a retroceder lentamente. De hecho, el flanco protegido por los tlaxcaltecas estaba a punto de derrumbarse completamente cuando Hernán Cortés dispuso un plan para salir con vida de aquella encrucijada. El extremeño sabía que en Mesoamérica la muerte del general, e incluso la captura del estandarte del enemigo, se consideraba el fin del combate. Así, en lo más recio de la pelea, identificó al jefe supremo de los aztecas y al grito de «Santiago y cierra España», Cortés se abrió pasó junto a cinco jinetes. Según una leyenda fantasiosa que surgió poco después de la batalla, el Apóstol Santiago, patrón de España, también secundó a caballo la carga casi suicida, como se cuenta que había hecho en varias contiendas contra los musulmanes en la Península Ibérica.

Antes de que la infantería pudiera detener la carga, los jinetes alcanzaron el estado mayor azteca y a Matlatzincatzin. Cortés no tembló en derribarlo y Juan de Salamanca en darle el golpe final antes de apoderarse de su estandarte. Cuando los guerreros de la Triple Alianza vieron a los jinetes castellanos enarbolar el estandarte de su general, dieron la batalla por perdida y comenzaron ellos entonces una desesperada huida hacia Tenochtitlán. «Y con su muerte, cesó aquella guerra», escribió Hernán Cortés a Carlos I de España anunciando el desenlace de la batalla. Pero no quedó la cosa ahí, al ver los españoles como su enemigo huía iniciaron su persecución. Repartiendo cuchilladas y lanzadas, dando gritos de venganza por sus compñañeros y hermanos aniquilados en la Noche Triste. Solo la noche y la oscuridad paró a tales guerreros que no saciaban su sed de venganza a medida que acababan con cuantos enemigos se pusieron a su alcance.




Después de la victoriosa batalla, los conquistadores españoles viajaron a Tlaxcala, donde descansaron varios días. Los españoles y sus aliados indígenas se reorganizaron para atacar Tenochtitlán meses después. Un cerco de setenta y cinco días, donde la ciudad quedó muy diezmada por una epidemia de viruela traída por los europeos,marcó el final del Imperio azteca.

Fuentes:

http://www.abc.es/espana/20150407/abci-batalla-otumba-hernan-cortes-201504061952.html 

Vientos de Gloria. Grandes victorias de la Historia de España. Fernando Martínez Laínez.

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